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« EDUARDO, UN SESENTISTA IRREEMPLAZABLEEDUARDO LUIS DUHALDE. UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD »

UN MILITANTE DE TRES SIGLOS

Por Javier Torres Molina: Es difícil imaginar que en 72 años una persona pueda ser abogado, historiador, periodista, profesor universitario, defensor de presos políticos, perseguido político, juez de cámara, funcionario del ejecutivo nacional y ser autor de una veintena de libros.

Todo eso era Eduardo Luis Duhalde, quién falleció el pasado 3 de abril, luego de permanecer internado por más de un mes en un sanatorio de la ciudad de Buenos Aires cuando se le detectó un aneurisma en la aorta abdominal. Pero más allá de los títulos y los cargos, en toda su trayectoria y a través de diferentes modos y en las más variadas circunstancias Duhalde simplemente fue un militante.

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Un militante que como historiador en los años '60 reivindicó las luchas populares del siglo XIX que encarnaban por ejemplo Facundo Quiroga o Felipe Varela  menospreciadas y tergiversadas por la historiografía liberal, que construyó un relato de acuerdo a las visiones de las oligarquías y de los intereses de las potencias imperiales.

Como abogado militó en los años '70 defendiendo a presos políticos que pertenecían a organizaciones armadas, mientras difundía los ideales revolucionarios a través del periódico Militancia Peronista para la Liberación o De Frente, a la vez que denunciaba a las bandas armadas de la derecha peronista, cuyo accionar terminó con la vida de su amigo y compañero Rodolfo Ortega Peña. Al producirse el golpe de estado fue perseguido por la dictadura y durante su exilio en España continuó con las denuncias -esta vez contra los crímenes del estado terrorista argentino- por medio de la Comisión Argentina por los Derechos Humanos.

Con el regreso a la democracia volvió al país y a fines de la década del '80 como militante de la Izquierda Democrática Popular dirigió el diario Nuevo Sur, un emprendimiento periodístico que intentaba intentaba aglutinar a las diversas expresiones de la izquierda mientras en el país comenzaba a gestarse la entrega menemista.

Luego fue juez de la cámara y le tocó participar en los primeros casos donde se juzgaba la corrupción menemista y se ufanaba de no hacerle caso a la jurisprudencia que sentaba la Corte Suprema de ese entonces. Nunca dejó de participar de las movilizaciones que reclamaban justicia por los crímenes de la dictadura militar o contra los sucesivos ajustes: -Estoy en la calle porque además de juez también soy un ciudadano-, expresó alguna vez.

Fue uno de los primeros en apoyar a Néstor Kirchner a través del partido Memoria y Movilización Social y cuando asumió el 25 de mayo de 2003 la presidencia de la nación lo nombró Secretario de Derechos Humanos, cargo que ocupaba hasta su muerte. Durante su gestión se anularon las leyes de la impunidad, se aceleraron los juicios a los responsables de los crímenes de lesa humanidad cometidos partir del golpe de estado, en el predio donde los marinos perpetraron algunos de sus crímenes se creó el Archivo Nacional de la Memoria y se reivindicó la memoria de los desaparecidos y asesinados por la dictadura militar.

Más allá del gran impacto que tuvo la noticia de su fallecimiento, seguramente a través de los años su figura cobre real dimensión.

En el futuro, cualquiera que lea alguno de sus libros podrá reconstruir una parte de su militancia que abarcó tres siglos y que no es otra que la lucha de un pueblo por conquistar la verdadera justicia.

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