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ALBERTO REX GONZÁLEZ: UN ARQUEOLOGO EN LA BUSQUEDA DE NUESTRO PASADO AMERICANO

Por Ana González Montes, antropóloga: Nació en Pergamino, el 16 de noviembre de 1918,  una semana después que se firmó el armisticio que puso fin a la I Guerra Mundial. Su padre consideró que el Rey Alberto de Bélgica había jugado un papel pacifista importante llamando a la paz e intentando detener la invasión a Francia, por eso lo nombraron Alberto Rex. Probablemente sostener un nombre como Rex, y el  hecho de ser hijo y nieto primogénito forjó en él un carácter tenaz y voluntarioso.

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"Maestro de generaciones de antropólogos" reza el comunicado del Museo Etnográfico. "El Doctor,  como supimos llamarlo, al que siempre era posible recurrir cuando los problemas científicos que nos planteábamos no cerraban. Con el que podíamos hablar del NOA y de la Patagonia, de teoría o de casos singulares, de  política científica y de política nacional", escriben desde el Chubut

Fue profesor de Arqueología en las Universidades de La Plata, Córdoba, el litoral y profesor invitado en la Universidad de Harvard. Y Premio Nacional de Ciencias por sus investigaciones en la gruta de Intihuasi, provincia de San Luis. 

Fue el primer miembro de su familia en llegar a la Universidad. Su padre, criollo de generaciones, había ingresado como peón del ferrocarril a los 13 años, con sólo la primaria, y llegó a ser Jefe de Estación.  Su madre, hija de italianos que llegaron analfabetos a la Argentina; sólo cursó la primaria, al igual que la mayoría de las mujeres de su época. Su abuelo italiano, sin embargo,  cuando hizo algo de fortuna con el trabajo en el campo, puso un molino harinero en la Ciudad de Pergamino, y contrató un maestro particular. Ya de viejo recitaba la Divina Comedia de memoria.

Desde niño se apasionó por la paleontología, la prehistoria y la arqueología. Devoraba todo los libros que llegaban a sus manos.  A los 16 años emprendió su primer expedición, con unos amigos. Encontraron los restos de un gliptodonte, pero uno de los jóvenes expedicionarios murió de tifus por tomar agua contaminada. No era una aventura alocada de adolescentes. Rex a esa edad no había dejado  libro de Florentino Ameghino, ni de Juan Bautista Ambrosetti o Salvador Debendetti sin leer. Sabía que buscaba y donde buscar.

Su padre, a la usanza de la época, anhelaba tener un hijo médico y un hijo abogado. Rex se recibió de médico cirujano en la Universidad de Córdoba y su hermano Alejandro, de abogado. Sin embargo Rex fue arqueólogo y Alejandro poeta. Ambos con un profundo sentimiento americanista. Su pasión: indagar en el pasado de las culturas y pueblos que habitaron el territorio argentino y americano antes de la invasión del imperio español. Solía decir "no creo que América fuera un paraíso antes de la llegada de los españoles, pero de lo que si tenemos certeza, es que luego fue un infierno para los habitantes originarios".  Fue también un ávido conocedor de los Cronistas de "las Indias."

Sus primeros trabajos de campo los realizó bajo la asesoría del Coronel Anibal Montes, quién posteriormente sería su suegro. Montes, de filiación sanmartiniana había dejado las filas del Ejército, para dedicarse de lleno al relevamiento de los sitios prehistóricos y arqueológicos de la provincia de Córdoba; llegando a reconstruir toda la toponimia cordobesa con los nombres indígenas originarios. En la actualidad los descendientes de los comechingones y sanavirones pueden rastrear sus genealogías en los escritos de Anibal Montes.

Se podrían mencionar muchos aspectos de su curriculum, tales como: que se doctoró en la Especialidad en Arqueología en la Universidad de Columbia, Nueva York. 1948; que fue miembro de la Expedición Franco-Argentina al Sudán, 1962, para el rescate de los monumentos de Nubia, organizada por la UNESCO; que le dieron el Premio Nacional de Ciencias en 1964 por sus investigaciones en la gruta de Intihuasi, San Luis; que fue el introductor del fechado de carbono 14 en el país y el que estableció las bases de la cronología arqueológica argentina obtenidas mediante este método, o que fue un especialista en las culturas de los pueblos originarios del NO argentino; que es autor de  un par de centenas de artículos y libros especializados en arqueología argentina y americana; o que batalló contra las concepciones racistas de la Escuela Histórico Cultural, predominante en una época en la antropología de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Tarea que realizó desde su cátedra de Arqueología del Museo y Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad de La Plata; donde había ingresado a principio de la década del 50 como Jefe de Trabajos Prácticos y llegó a ser  Jefe de la División Arqueología desde 1963 hasta 1976, en que la Dictadura Militar lo dejó cesante.

Sin embargo sus aportes académicos y sus múltiples pertenencias, como ser parte del Directorio del CONICET, sus  diversas membrecías académicas, o títulos Honoris Causa,  seguramente serán detallados profusamente por sus colegas.

Sin embargo existen algunos  aspectos menos conocidos y públicos de su personalidad que deseo recordar. En sus últimos días conversamos mucho, él contestaba con pocas palabras y mucho esfuerzo. Recordaba  esa red de colegas, verdaderos amigos, antropólogos y arqueólogos latinoamericanos, que en medio de las adversidades de las dictaduras latinoamericanas, se comunicaban en clave para saber de unos y de otros, y realizar acciones de solidaridad internacional. Recordaba a Lautaro Nuñez, chileno, perseguido por la dictadura de Pinochet. Recordó a Ramiro Matos, antropólogo peruano al que le bastó una llamada para que esperara a su yerno y su nieto, perseguidos por la patota de la ESMA, en el aeropuerto de Lima, para darles cobijo, en 1979. Entre sus recuerdos estaban Lucho Lumbreras, Betty Meggers, Junius Bird, Gerardo Reichel Dolmatoff, Piña Chan, de México, entre otros.

También sus discípulos y amigos de Argentina, en especial los de la vieja guardia, sus primeros discípulos: Beatriz Alasia, Osvaldo Heredia, Víctor Nuñez Reguerio, Marta Tartusi, Miriam Tarragó, Pepe Pérez, Carlota Sempé, María Delia Arenas,  Rita Cevallos, Ana Maria Lorandi, José Togo, y a Cecilia Hidalgo, Félix Schuster, Florencia Kuch, Catalina Buliubacic y su entrañable Martita Baldini. Varios de ellos padecieron persecución, secuestro, torturas o exilio. Para los militares y el poder civil que siempre miraron hacia Europa, conocer el pasado indígena era peligroso y subversivo.

Rex brindó su apoyo, contactos y asesoría  a los jóvenes antropólogos cuando recién iniciaban el Equipo Argentino de Antropología Forense, sin haber tenido aún tiempo de  terminar sus estudios, pero comenzando una tarea que sería de importancia fundamental para poner al desnudo los genocidios de Argentina y otras partes del  mundo.  

Apoyó con firmeza el reclamo del pueblo mapuche-tehuelche para que les  restituyeran los restos del Cacique Inakayal, en 1994, prisionero de la "Guerra al Desierto", junto a Foyel y tantos otros, varones, mujeres y niños que encontraron la muerte en el Museo de La Plata. Se puso furioso cuando algunos de sus colegas del Museo de La Plata se negaban a hacer entrega del Cacique, alegando razones "científicas".  Decía: "Un ser humano con nombre y apellido no puede ser considerado una pieza de museo".

En ocasión de la restitución de los restos de Panquitruz Gner (Mariano Rosas), fue quién dio el discurso en su  honor, por parte de la comunidad académica. No quiso sentarse para hablar, a pesar de tener fracturada una vértebra, la investidura del hijo de Painé así lo ameritaba. Luego, junto con el bisnieto de Mariano Rosas, don Adolfo Rosas, homenajearon a Inakayal en la misma explanada del Museo donde Inakayal se quitó la ropa huinka y murió.

Apoyó el reclamo de la Comunidad India Quilmes, escribiendo al Gobernador de Tucumán sobre el derecho al territorio y a su Ciudad Sagrada del pueblo diaguita calchaquí. Y el 1 de agosto del 2005 compartió con ellos la ceremonia a la Pachamama. Ante toda la comunidad de Quilmes,  su Cacique, las maestras y directoras de las escuelas, explicó sus hallazgos arqueológicos, e intercambió con los ancianos y ancianas sus mutuos conocimientos del pasado, les hizo entrega de sus libros y recibió  sus tallas en piedra como obsequios intercambiados en señal de muto respeto.

A pesar de su avanzada edad, supo dialogar y tender puentes con las distintas generaciones de investigadores, y abrevar en las nuevas formas de hacer trabajo arqueológico y antropológico, con la participación de los pueblos originarios. Fue el arqueólogo más anciano que firmó la Declaración de Río Cuarto, en la que el Primer Foro de Pueblos Originarios -Arqueólogos (2005), presentada ante la Asamblea Plenaria del XV Congreso Nacional de Arqueología Argentina, proclamaron: "'la necesidad de establecer un diálogo sobre la base del respeto mutuo entre pueblos originarios y arqueólogos, y el reconocimiento de, por un lado, la contribución de la arqueología para el conocimiento del pasado indígena y, por otro, el interés legítimo de las comunidades indígenas actuales por el patrimonio cultural que les pertenece y que es sustento del conocimiento, sabiduría y cosmovisión ancestrales", a la vez  que instaron a la reforma de la Ley Nacional de Patrimonio Arqueológico (24.743) por no contemplar la consulta y participación de los pueblos indígenas, como lo establece el artículo 75 inciso 17 de la Constitución Nacional. 

Maestro y discípulos son conceptos que van perdiendo entidad en la vorágine competitiva de las instituciones académicas y el individualismo investigativo. Para él la ciencia es un encadenado en el tiempo que va creciendo con el esfuerzo de todos. La necesidad de pasar a las actuales generaciones todo aquello que él estudió durante más de 60 años; y todo aquello, que sabía con absoluta lucidez, que quedaban como grandes interrogantes de las ciencias arqueológicas y antropológicas; lo llevó a firmar un Convenio con el CONICET para que se digitalice todo su fondo documental y finalmente ponerlo a disposición de los/as investigadores/as en el Museo Etnográfico. Esta tarea está en pleno desarrollo y el equipo de jóvenes que  la lleva adelante, lo hacen con todo profesionalismo, entusiasmo y cariño.

En ocasión de la firma del Convenio no perdió la oportunidad de  piropear a la Presidenta del Conicet y comer chocolates.

. "Los estudiantes están haciendo sus prácticas de campo, y en este momento están leyendo los trabajos del Doctor en Hualfin, en su homenaje", informaron  desde la Universidad de Córdoba el día de su muerte.

Falleció el 28 de marzo de 2012 en la Ciudad de La Plata a la edad de 93 años.

En algún lado estará preparando su estanciera  con las zarandas, las palas, los baldes, los mapas para recorrer los valles y los cerros en busca de las huellas de los que se fueron, de nuestros ancestros.

POR SUS OBRAS LO RECORDAREMOS

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